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A veces, la familia no es lo más importante



Podemos dejar de hablar con un amigo, incluso si antes de la pelea nos unían años de aventuras, borracheras o secretos.

Podemos decidir no volver a ver a una pareja, quizá porque el daño que ha hecho a nuestro corazón es demasiado grande.

Podemos discutir con cualquier persona, borrarles de nuestras redes sociales, ignorarles por la calle.

Pero lo que no podemos hacer jamás es olvidarnos de nuestro padre, de nuestra madre, de nuestros hijos o hermanos: a ellos nos une un vínculo demasiado fuerte y, en ocasiones, también, demasiado doloroso.

Antes de comenzar a leer y preguntar a propósito de las rupturas familiares, siempre pensé que se trataba de un tema oscuro, siniestro, prácticamente ausente en nuestra sociedad.

Estamos acostumbrados a ver en la televisión a familias felices, familias que a pesar de sus diferencias se mantienen unidas. La familia, en sí misma, se ha convertido en una institución e incluso en un lema: “la familia es lo primero”.

Es sorprendente, sin embargo, darse cuenta del odio desmesurado que puede llegar a existir entre personas de la misma sangre. Yo misma, al empezar a conocer las historias ocultas de amigos cercanos o conocidos, me planteé si en verdad eso que se nos vende es una farsa, una imposición o una impostura.

“Se me saltan las lágrimas cuando me acuerdo de este tema”, me escribe una chica por chat de Facebook nada más contarme que desde hace cinco años no habla con su hermana y que, a causa de esto tampoco habla con su padre.

“Tuve que separarme de mi familia porque sentía que todo el rato me juzgaban”, escribe otro joven reconociendo también que desde que está solo ha logrado sentirse más libre.

Es posible que no estemos preparados para afrontar una ruptura así. Es posible, también, que el sentimiento de deuda para con nuestros familiares sea demasiado grande. ¿Cómo voy a decir adiós a la persona que me crió?, ¿a la persona que, cuando no tenía absolutamente nada, lo dio todo por mí?

“Yo a veces no me hablo con mis padres por periodos que pueden ir de varias semanas a años. A veces es porque me han pegado, insultado, echado de mi casa o porque me tratan mal por mucho que lo intenten.”

Quien habla ahora es Manu, un joven de treinta y pocos años que reconoce no sentirse del todo preparado para hablar de este tema en público. Para él ha sido un trauma que le ha perseguido toda la vida, un problema que no puede explicarse del todo, porque cada detalle cuenta en el hecho de que la relación acabara así.

“En mi caso, el no hablarme con mi familia es supervivencia. Si hablase con ellos a menudo, estaría muerto hace ya tiempo. Me habría suicidado o tendría problemas de salud mental tan graves que no podría ser independiente ni activo.”

Manu, a menudo, se ha sentido maltratado física y psicológicamente, algo que, según dice, nunca le permitiríamos a un amigo, y por lo tanto tampoco se lo debemos permitir a alguien que sea de la misma sangre.

Esta relación cíclica con sus padres se debe principalmente a que ellos no le entienden, a que juzgan su manera de vida quizá porque se sienten insatisfechos con la suya.

“Cada minuto sin ellos soy feliz. Cuando hablo con ellos, los quiero y me alegro, pero de algún modo estoy apostando contra mí mismo, porque jamás me van a permitir ser libre o feliz o respetarme. Y tardo meses en recuperarme de ello. Es una resaca de larga duración.”

Dice Manu que a veces ha llegado a encontrar en Internet testimonios desgarradores de personas que, como él han dejado de hablar con sus padres. Personas que hasta se han inventado que sus progenitores han muerto, para no someterse a las miradas de duda e incomprensión que la ruptura de este vínculo produce.

Pero claro, si a veces a nosotros mismos nos cuesta horrores entender cómo hemos llegado a esa situación, ¿cómo nos lo va a entender el resto?

Adiós, mamá





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