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Con el paseo de olla, ¿pierde la ciudad?

Se ven a lo lejos, cada fin de semana, caminando en “fila india” o como hormigas a su colonia. Cargan ollas, platos, botellas y termos llenos de gaseosa, litros de ron, aguardiente o wiski, todos juntos a pie, desde donde los deje el bus, hasta el lugar en las playas que les parezca más propicias para montar su “mini campamento”, ¿son turistas, quienes serán?

La belleza de Santa Marta es atractiva para muchos, tanto en su parte colonial, la que para algunos está “más o menos” organizada y preservada, como en su atrayente principal, la llamativa riqueza marina y sus playas. “¡Por eso es turística!”, dirían muchos, esa es la razón por la que de todas partes de Colombia y el mundo visitan a ‘la ciudad de Bastidas’.

Ahora no solo está el turismo convencional, aquel donde llegan las personas con sus familias, después de ahorrar todo el año, para pasar dos o tres días en un hotel, hostal o edificio del centro de Santa Marta, El Rodadero e incluso Taganga y otros sectores. Actualmente los visitantes disfrutan del ecoturismo, ciclo turismo, etno turismo, entre otros. Pero el más popular y más frecuente, que para los que viven de este sector comercial es el más molesto, pero tal vez el más antiguo, es “el turismo de olla”.

“PASEO DE OLLA” Y LOS COMERCIANTES INFORMALES

Jorge Mario, vendedor ambulante de El Rodadero, dice ser uno de los más “perjudicados” de este tipo de turistas que “llegan pero no arriendan, ni compran, más bien lo que hacen es botar basuras y ensuciar la ciudad, y luego la culpa es de nosotros”.

Según Jorge Mario, las personas que llegan de “paseo de olla”, son muy fáciles de identificar, “las mujeres con sus salidas de baño, los niños descamisados y en chancleticas y los tipos cargando las ollas con pantaloneta, sandalias y una camisa que los identifica a todos, una de rayas color roja y blanca, la camisa del Junior (equipo de Barranquilla)”.

“Yo cuando los veo que vienen a pie, caminado desde lejos buscando playa, ni me mosqueo para abordarlos, si en esas ollas y los bolsones que cargan traen todo. Tronco de hueso”, dijo el vendedor.

ESENCIA

Pero ¿cuál es la esencia del turismo de olla?, un visitante, Oscar Iván como explicó: El hombre visitó a Santa Marta el pasado domingo como lo hace cada 15 días proveniente de Barranquilla, siempre acompañado de sus dos hijos, cuatro sobrinos, su mujer, dos de sus hermanos, una tía y un compadre, once personas en total, o como diría este jocoso barranquillero “toda la colchá”.

“La gracia es economizar porque ‘El Rodacho’ (El Rodadero), es muy caro, por eso llevamos la comida lista desde casa, compramos el trago, la gaseosa y los mecatos en la tienda y llegamos a las playas, puede ser también Plenomar en Pozos Colorados o Playa Salguero, donde nos parezca y listo nos pasamos el día sabroso”, dijo el visitante.

En lo que compete a la temporada de receso escolar y el puente del Día de la Raza, las autoridades hablan de una cantidad superior a 430 mil personas que se movilizan por las carreteras, entre los que llegan y salen. El porcentaje es alentador, pero aún los gremios dicen que gran cantidad de esos turistas son los llamados “de olla”, una práctica totalmente legal y válida, como dirían ellos: “la playa es libre”.

Asimismo los operadores del turismo formal, deben lidiar con otro gran problema y es la para hotelería.

EL COMBO FAMILIAR O “LA COLCHÁ”

Cada domingo cuando se despierta la ciudad, muchos van a algún río, otros a la playa, pero siempre están los buses que llegan con los centenares de visitantes, por ejemplo los once de la familia de Oscar Iván, sus dos hijos y tres de sus sobrinos, flacos llenos de energía y “malosos” como diría el mismo, y el cuarto de sus sobrinos, el menor, regordete y un poco bonachón, el que muchas veces se vuelve el juguete de los demás, la tía que todos quieren “pero lejos” agarrando a sus sobrinos en especial al gordito, por lo cachetes y tocando con picardía pero sin morbosidad sus partes íntimas haciéndolos sentir avergonzados.

Los hermanos de Oscar Iván y el compadre, ya se quitan la camisa del Junior y muestran el descuido de los años, pero sobretodo se sientan a destapar la botella o abrir una nevera de icopor llena de hielo con la cerveza de siempre. Al rato el líder del grupo se ve piropeando a toda la que pasa, poniéndose de pie y escondiendo la barriga, tratando de disimular para que la mujer no le diga nada.

LA ECONOMÍA DEL PASEO

Todos disfrutan sentados bajo una palmera, porque “no hay billete para la carpa, eso es una pendejada”, dice el visitante ahorrador. Se sientan, toman, se ríen, toman y toman y siguen tomando, esperando que se acabe el licor y la comida para nuevamente hacer la “fila india” y caminar hasta donde abordarán el bus para regresar a su ciudad de origen, sin gastar “ni un peso”, en la ciudad que los acogió durante su paseo dominical.

Osar Iván dice presupuestar más de 100 mil pesos entre comida, mecatos y trago, en cambio si llegara a Santa Marta con once personas a pasarse un domingo no comería ni tomaría el mismo licor, “aquí todo es caro, me gastaría el triple de lo presupuestado, jamás podría venir a gozar”.

Cuando hay hambre, sacan los desechables ya sea para servir el sancocho o el arroz de pollo y para rematar, “por si acaso quedamos con filo, cerramos con el postre, el popular sancocho barranquillero”: salchichón con un pedazo de pan y gaseosa.

Todos disfrutan de las playas y del incesante sol que en el mar es un atractivo primordial para pasar un domingo en la bahía de El Rodadero, Bello Horizonte, Plenomar, Playa Salguero, como diría el mismo Juancho “sabroso y barato”.

Tal vez sea válido ahorrar al máximo para disfrutar de la belleza del mar samario, pero también es perjudicial que tal vez la mitad de las personas que llegan a nuestra ciudad sean los visitantes que se dedican al único y original “paseo de olla”, ese que no deja ingresos.

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